martes, 29 de julio de 2014

PARTIDOCRACIA (Segunda Parte)

ESTAD0 DE PARTIDOS Y PARTIDOCRACIA.

Dentro de la discusión que hemos iniciado en este escrito con referencia al surgimiento de una partidocracia mexicana, conviene hacer referencia a un concepto que, si bien, no es exactamente igual al del término partidocracia – como lo empleamos en nuestro enfoque -, sí nos dice mucho sobre sus características funcionales y sobre todo, otorga cierta legitimidad histórica al concepto; se trata del término “estado de partidos”.
De acuerdo con el autor alemán Hans Jürgen Puhle (Partidos Políticos: viejos conceptos y nuevos retos, p.p. 85 – 87), el “estado de partidos” es un fenómeno típicamente europeo que surgió en las democracias post-fascistas, particularmente en Alemania, Austria e Italia, y posteriormente, en todas las democracias emergentes a finales de los años setenta.
El “estado de partidos” combina dos acontecimientos importantes en la historia de Europa: por un lado, el creciente prestigio de los partidos políticos en la reconstrucción democrática posterior a la Segunda Guerra Mundial, con la derrota del nazismo y el fascismo; por el otro, el surgimiento de un Estado fuerte de bienestar.
En esencia, el “estado de partidos” significa una situación en la que los partidos políticos dominan el Estado y “colonizan” importantes segmentos de sus instituciones y de la sociedad misma. Se trata del apogeo de los llamados partidos de integración de masas y del surgimiento de los partidos catch all europeos; los primeros, con su política de filiación de organizaciones sociales como los sindicatos; los segundos, transformados en eficientes maquinarias productoras de votos en virtud del surgimiento de la televisión en la política y de cambios de enfoque que fijan la prioridad de los votos sobre la afiliación. Los partidos fueron de hecho, los máximos promotores de un Estado de Bienestar con importantes apoyos asistenciales a la sociedad.
Ahora bien, los teóricos nos advierten que el concepto de “estado de partidos” es más una aproximación hipotética que un tipo real de sistema de partidos. La aproximación se refiere a un contexto en que asciende una sociedad de consumo de masas, se genera un período relativamente largo de prosperidad económica y como consecuencia lógica, se consolida una extensión del Estado burocrático con mecanismos asistenciales de concertación corporativa y por si fuera poco, brota la primera ola de las nuevas tecnologías de la comunicación, con la televisión pública.
Puhle ve tres características básicas del “estado de partidos”: a) los privilegios y servicios del “estado de partidos” son aprovechados por todos los partidos relevantes, incluyendo la oposición; b) a pesar de la competencia electoral entre los partidos, estos funcionan como una especie de cartel oligopólico que dirige importantes instituciones oficiales y absorbe cuantiosos recursos estatales, muchas veces reconocidos en la ley; y, c) la proximidad estructural y el solapamiento entre los partidos y el Estado. El efecto del “estado de partidos” sobre los partidos en concreto, es que estos dejan de representar los intereses sociales frente a la burocracia y de hecho, pasan a formar parte del Estado, representándose a sí mismos como una élite de poder o clase política. La simbiosis entre el establishment partidista y el Estado provoca el distanciamiento de los líderes de partido respecto de los ciudadanos y afiliados, reduciendo la capacidad del partido como mediador y favoreciendo la corrupción y el clientelismo en las prácticas de partido.
Si observamos en este análisis algunas similitudes con el comportamiento del sistema mexicano de partidos, debemos advertir al lector que la aproximación teórica del “estado de partidos” ha sido elaborada para estudiar el comportamiento de los partidos europeos que se desenvuelven en regímenes parlamentarios, no en los presidenciales como el nuestro, y es en este aspecto, además del contexto histórico, donde podemos ver las principales diferencias entre “estado de partidos” y partidocracia.

La simbiosis partido – estado que se da en el “estado de partidos” se facilita porque las coaliciones entre los partidos se hacen para formar gobierno. En el caso de los regímenes presidencialistas y particularmente del sistema mexicano, las coaliciones solamente tienen valor para la competencia electoral, no para la formación de un gobierno que en esencia, es unipersonal. La partidocracia funda su esencia en un situación por la cual, los partidos prácticamente secuestran e invaden la esfera de decisiones del Estado, mediante la acción legislativa y la movilización social y mediática de los partidos en el gobierno o fuera de él. Tal es el caso de un Instituto Federal Electoral, ahora Instituto Nacional Electoral, que ha quedado a merced del patronazgo partidista.
Juan Benito Coquet

PROLEGÓMENOS PARA UNA TEORÍA DE LA PARTIDOCRACIA. 

Premisas y principios.
La palabra compuesta “partidocracia” se ha ido convirtiendo en un término de amplio uso en la discusión política cotidiana. Sin embargo, poco se ha dicho sobre su significado y alcances para el análisis político contemporáneo, pese al reconocimiento que diversos tratadistas hacen de la partidocracia como un fenómeno que afecta el desempeño de diversos sistemas democráticos actuales.
Si atendemos a la raíz semántica de la palabra partidocracia, el compuesto no es muy afortunado ya que toma dos raíces de lenguas diferentes, partido, proveniente del verbo latino partire, que significa dividir y, cratos, ó kratos, que en griego clásico implica la idea de gobierno. No obstante, queda claro que el término compuesto partidocracia quiere decir, “gobierno de los partidos” ó “gobierno dividido”. Con estas raíces semánticas nos vamos acercando poco a poco a su sentido actual.
Si utilizamos el análisis de la teoría aristotélica de las formas de gobierno con su clasificación básica de las formas positivas de gobierno como la monarquía, la aristocracia y la democracia y su correlativa degeneración negativa en la tiranía, la oligarquía y la demagogia, respectivamente, pudiéramos decir que la partidocracia es una modalidad degenerada o extrema de la democracia, pero de una democracia muy diferente a la que Aristóteles hacía referencia en su estudio; una democracia que hoy en día es esencialmente indirecta, representativa y electoral.
De esta forma podemos establecer una primera premisa de nuestro esquema teórico sobre la partidocracia y es que, este fenómeno solamente puede presentarse en regímenes políticos distinguidos o calificados de democráticos, no en otros tipos de gobierno con orientaciones oligárquicas y totalitarias. Esto quiere decir que la partidocracia es un síntoma exclusivo de un sistema político donde se ha consolidado plenamente un subsistema de partidos políticos en competencia democrática por el poder público.
La partidocracia no significa lo mismo que la dictadura de partido, figura analítica esta última que se aplicaba a describir, por ejemplo, el régimen político de la Unión Soviética o el paso previo a la disolución del Estado en la teoría marxista del poder. La segunda premisa que podríamos establecer entonces para los esbozos de una teoría partidocrática, es que el fenómeno no implica que la democracia se disuelva dentro del régimen político en cuestión, sino que la transforma y desplaza los ejes institucionales de decisión colectiva.
Ya en términos más claros y precisos, la partidocracia no es sino un gobierno democrático en el que la mayor parte de las decisiones políticamente relevantes se tiene que tomar dentro del subsistema de partidos, quedando las instituciones constituidas y funcionalizadas a esos acuerdos, dado el grado de atomización, fragmentación o división que priva en el conjunto de la  sociedad política.
En la partidocracia el eje de las decisiones se desplaza desde el Poder Ejecutivo del Estado hacia el Poder Legislativo, que es la instancia donde se condensa la representación de los partidos políticos. Cualquier programa, proyecto o iniciativa del gobierno en turno debe pasar necesariamente por el filtro de los partidos políticos en el Congreso. La dinámica de la reformas se sujeta así a la capacidad de acuerdo entre los partidos políticos, tanto si se trata de sistemas bipartidistas como de sistemas multipartidistas. Los partidos políticos dejan de ser simples intermediarios entre los ciudadanos y el poder público, para convertirse en maquinarias complejas de canalización de demandas públicas y procesadores de soluciones consensadas a los problemas planteados.
Entre las ventajas que se pueden observar en el fenómeno de la partidocracia, está la importante dosis de deliberación y discusión democrática que conlleva, obligando a los partidos a sentarse a la mesa de negociación en la búsqueda de los consensos mínimos para hacer viables las reformas o programas de gobierno que son procesados. Obviamente, pesan las asimetrías de los partidos mismos en el proceso de deliberación, pero también se le da un acceso privilegiado a las voces minoritarias que de otra forma no tendrían en una democracia representativa formal.

Ahora bien, si desde el principio afirmamos que la partidocracia se puede concebir como una forma degenerada de la moderna democracia representativa, esto es, por sus efectos perversos para la democracia misma. Es usual que la partidocracia surja en un sistema como consecuencia de la fragmentación política de la sociedad y de un deterioro en las élites de gobierno, incapaces de responder con grados mínimos de eficacia a la problemática enfrentada. La partidocracia nace así como un signo de desconfianza hacia las instituciones de un país. Los partidos se convierten en jueces y partes y el consenso brota por desgaste, más que por acuerdo razonado. Se ponen candados de seguridad a todas las instituciones de gobierno que acaban por exacerbar la ineficacia de éstas para acometer con eficacia la presencia de problemas locales y globales de gran complejidad. En suma, la partidocracia, de no moderarse con un filtro judicial fuerte, puede ser el camino más rápido hacia la parálisis institucional.
Juan Benito Coquet

jueves, 24 de julio de 2014

QUIEN FUE REALMENTE CARLOS QUINTO

La dimensión oculta de Carlos V.

Pocas personas caen en la cuenta de que el primer gobernante formal de los territorios conquistadas por los españoles en el siglo XVI en América y de la tierra entonces conocida como Nueva España, fue el Emperador Carlos V de Alemania y I de España. Mucho menos personas saben que Carlos no era alemán sino flamenco, nacido en la ciudad de Gante en el año de 1500 y de habla francesa (el alemán y el español los aprendió después). En esa ciudad de Flandes conoció a un pariente de que ejercería con posterioridad una honda influencia educativa en la Nueva España, Fray Pedro de Gante, autor de la primera doctrina en lengua mexicana y de diversas cartillas para enseñar a leer y escribir en romance y en su propia lengua a los hijos de los nobles indígenas. Fue Carlos V un hombre al que no favoreció especialmente la naturaleza. Nieto de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel y del Emperador Maximiliano Primero de Alemania; hijo de Juana “La Loca” y de Felipe el Hermoso, seguramente heredó genes deficientes que lo hicieron prognata en exceso y de constitución más bien débil. Ascendió al trono de Alemania mediante astutas maniobras de su abuelo, el apoyo de banqueros húngaros y suizos y el favor del Papa Adriano VI. Llegó al trono de España con la oposición inicial de su abuelo Fernando de Aragón, pero a fin de cuentas el dinero y una serie de muertes afortunadas para su causa lo llevaron al reino de Castilla en 1517.
La historiografía tradicional ha presentado al monarca de la casa de los Habsburgo como un ser oscuro y distante de los territorios americanos bajo su jurisdicción; como un emperador rezagado y fuerte impulsor del movimiento religioso cristiano conocido como Contrarreforma. Y es que Carlos V tuvo que enfrentar en su tiempo dos grandes dificultades para su imperio - que abarcaba no solamente a España, Alemania y las Indias recién conquistadas, sino también a los Países Bajos y a partes de la hoy Italia y Francia - nos referimos a la Reforma protestante encabezada por Martín Lutero en Alemania y el avance de los turcos en África y Europa. Efectivamente, Carlos V fue un fervoroso católico, pero no un fanático dogmático que no reconociera la necesidad de reforma de la Iglesia Romana. La raíz de su cristianismo estaba en el humanismo renacentista de Erasmo, no en la corrupción y grotesca vida de la curia romana.


Desgraciadamente para la Nueva España, Carlos V nunca tuvo el tiempo para encargarse directamente de su gobierno o preocuparse más allá de la óptica europea de su tiempo. Sin embargo, fue sensible a las peticiones de los franciscanos que iniciaron la evangelización del nuevo mundo y en ese sentido promulgó cédulas prohibiendo la esclavitud de los indígenas mexicanos y limitando severamente la encomienda de los colonizadores. Fue sensible también a los profundos alegatos filosóficos y morales del Dominico Bartolomé Las Casas que si bien cuestionaban su dominio y el del Papa sobre las Indias, proporcionaban hondos argumentos cristianos y humanistas en defensa de la libertad y racionalidad de los indios. Casi todos los franciscanos del siglo XVI escribieron cartas a Carlos V y muchas de estas misivas fueron contestadas y resueltas sus peticiones por la firma del monarca español. Carlos V fue el principal precursor de las Leyes de Indias. En España conoció a Hernán Cortés, cuando fracasada la expedición a las Hibueras, el extremeño fue a solicitar privilegios y encomiendas a su monarca, las cuales le fueron negadas, tal vez bajo la falsa idea que habían sembrado en el monarca Diego Velásquez y otros consejeros reales con envidia de la gloria de Cortés. Poca gente sabe que Cortés acompaño a Carlos V en su fallida tentativa para conquistar Argel. En esa ocasión o antes incluso, Carlos V confesó a Cortés que con el no había atinado y que algún día, que nunca llegó, reconocería sus verdaderos méritos. En fin, un monarca ejemplar al cual el escritor español Salvador Madariaga le da el carácter de haber sido el primer monarca con la visión de una Europa unificada bajo la égida de un cristianismo reformado y atento a las necesidades espirituales del hombre.


Juan Benito Coquet