ESTAD0 DE PARTIDOS Y PARTIDOCRACIA.
Dentro de la discusión que hemos iniciado en este
escrito con referencia al surgimiento de una partidocracia mexicana, conviene
hacer referencia a un concepto que, si bien, no es exactamente igual al del
término partidocracia – como lo empleamos en nuestro enfoque -, sí nos dice
mucho sobre sus características funcionales y sobre todo, otorga cierta
legitimidad histórica al concepto; se trata del término “estado de partidos”.
De acuerdo con el autor alemán Hans Jürgen Puhle
(Partidos Políticos: viejos conceptos y nuevos retos, p.p. 85 – 87), el “estado
de partidos” es un fenómeno típicamente europeo que surgió en las democracias
post-fascistas, particularmente en Alemania, Austria e Italia, y
posteriormente, en todas las democracias emergentes a finales de los años
setenta.
El “estado de partidos” combina dos acontecimientos
importantes en la historia de Europa: por un lado, el creciente prestigio de
los partidos políticos en la reconstrucción democrática posterior a la Segunda
Guerra Mundial, con la derrota del nazismo y el fascismo; por el otro, el
surgimiento de un Estado fuerte de bienestar.
En esencia, el “estado de partidos” significa una
situación en la que los partidos políticos dominan el Estado y “colonizan”
importantes segmentos de sus instituciones y de la sociedad misma. Se trata del
apogeo de los llamados partidos de integración de masas y del surgimiento de
los partidos catch all europeos; los
primeros, con su política de filiación de organizaciones sociales como los
sindicatos; los segundos, transformados en eficientes maquinarias productoras
de votos en virtud del surgimiento de la televisión en la política y de cambios
de enfoque que fijan la prioridad de los votos sobre la afiliación. Los
partidos fueron de hecho, los máximos promotores de un Estado de Bienestar con
importantes apoyos asistenciales a la sociedad.
Ahora bien, los teóricos nos advierten que el
concepto de “estado de partidos” es más una aproximación hipotética que un tipo
real de sistema de partidos. La aproximación se refiere a un contexto en que
asciende una sociedad de consumo de masas, se genera un período relativamente
largo de prosperidad económica y como consecuencia lógica, se consolida una
extensión del Estado burocrático con mecanismos asistenciales de concertación
corporativa y por si fuera poco, brota la primera ola de las nuevas tecnologías
de la comunicación, con la televisión pública.
Puhle ve tres características básicas del “estado de
partidos”: a) los privilegios y servicios del “estado de partidos” son
aprovechados por todos los partidos relevantes, incluyendo la oposición; b) a
pesar de la competencia electoral entre los partidos, estos funcionan como una
especie de cartel oligopólico que dirige importantes instituciones oficiales y
absorbe cuantiosos recursos estatales, muchas veces reconocidos en la ley; y,
c) la proximidad estructural y el solapamiento entre los partidos y el Estado.
El efecto del “estado de partidos” sobre los partidos en concreto, es que estos
dejan de representar los intereses sociales frente a la burocracia y de hecho,
pasan a formar parte del Estado, representándose a sí mismos como una élite de
poder o clase política. La simbiosis entre el establishment partidista y el
Estado provoca el distanciamiento de los líderes de partido respecto de los
ciudadanos y afiliados, reduciendo la capacidad del partido como mediador y
favoreciendo la corrupción y el clientelismo en las prácticas de partido.
Si observamos en este análisis algunas similitudes
con el comportamiento del sistema mexicano de partidos, debemos advertir al
lector que la aproximación teórica del “estado de partidos” ha sido elaborada
para estudiar el comportamiento de los partidos europeos que se desenvuelven en
regímenes parlamentarios, no en los presidenciales como el nuestro, y es en
este aspecto, además del contexto histórico, donde podemos ver las principales
diferencias entre “estado de partidos” y partidocracia.
La simbiosis partido – estado que se da en el
“estado de partidos” se facilita porque las coaliciones entre los partidos se
hacen para formar gobierno. En el caso de los regímenes presidencialistas y
particularmente del sistema mexicano, las coaliciones solamente tienen valor
para la competencia electoral, no para la formación de un gobierno que en
esencia, es unipersonal. La partidocracia funda su esencia en un situación por
la cual, los partidos prácticamente secuestran e invaden la esfera de
decisiones del Estado, mediante la acción legislativa y la movilización social
y mediática de los partidos en el gobierno o fuera de él. Tal es el caso de un
Instituto Federal Electoral, ahora Instituto Nacional Electoral, que ha quedado
a merced del patronazgo partidista.
Juan Benito Coquet

