PROLEGÓMENOS PARA UNA TEORÍA DE LA PARTIDOCRACIA.
Premisas y
principios.
La palabra compuesta “partidocracia” se ha ido
convirtiendo en un término de amplio uso en la discusión política cotidiana.
Sin embargo, poco se ha dicho sobre su significado y alcances para el análisis
político contemporáneo, pese al reconocimiento que diversos tratadistas hacen
de la partidocracia como un fenómeno que afecta el desempeño de diversos
sistemas democráticos actuales.
Si atendemos a la raíz semántica de la palabra
partidocracia, el compuesto no es muy afortunado ya que toma dos raíces de
lenguas diferentes, partido, proveniente del verbo latino partire, que significa dividir y, cratos, ó kratos, que en
griego clásico implica la idea de gobierno. No obstante, queda claro que el
término compuesto partidocracia quiere decir, “gobierno de los partidos” ó
“gobierno dividido”. Con estas raíces semánticas nos vamos acercando poco a
poco a su sentido actual.
Si utilizamos el análisis de la teoría aristotélica
de las formas de gobierno con su clasificación básica de las formas positivas
de gobierno como la monarquía, la aristocracia y la democracia y su correlativa
degeneración negativa en la tiranía, la oligarquía y la demagogia,
respectivamente, pudiéramos decir que la partidocracia es una modalidad
degenerada o extrema de la democracia, pero de una democracia muy diferente a
la que Aristóteles hacía referencia en su estudio; una democracia que hoy en
día es esencialmente indirecta, representativa y electoral.
De esta forma podemos establecer una primera premisa
de nuestro esquema teórico sobre la partidocracia y es que, este fenómeno
solamente puede presentarse en regímenes políticos distinguidos o calificados
de democráticos, no en otros tipos de gobierno con orientaciones oligárquicas y
totalitarias. Esto quiere decir que la partidocracia es un síntoma exclusivo de
un sistema político donde se ha consolidado plenamente un subsistema de
partidos políticos en competencia democrática por el poder público.
La partidocracia no significa lo mismo que la
dictadura de partido, figura analítica esta última que se aplicaba a describir,
por ejemplo, el régimen político de la Unión Soviética o el paso previo a la
disolución del Estado en la teoría marxista del poder. La segunda premisa que
podríamos establecer entonces para los esbozos de una teoría partidocrática, es
que el fenómeno no implica que la democracia se disuelva dentro del régimen
político en cuestión, sino que la transforma y desplaza los ejes
institucionales de decisión colectiva.
Ya en términos más claros y precisos, la
partidocracia no es sino un gobierno democrático en el que la mayor parte de
las decisiones políticamente relevantes se tiene que tomar dentro del
subsistema de partidos, quedando las instituciones constituidas y
funcionalizadas a esos acuerdos, dado el grado de atomización, fragmentación o
división que priva en el conjunto de la
sociedad política.
En la partidocracia el eje de las decisiones se
desplaza desde el Poder Ejecutivo del Estado hacia el Poder Legislativo, que es
la instancia donde se condensa la representación de los partidos políticos.
Cualquier programa, proyecto o iniciativa del gobierno en turno debe pasar
necesariamente por el filtro de los partidos políticos en el Congreso. La
dinámica de la reformas se sujeta así a la capacidad de acuerdo entre los
partidos políticos, tanto si se trata de sistemas bipartidistas como de
sistemas multipartidistas. Los partidos políticos dejan de ser simples
intermediarios entre los ciudadanos y el poder público, para convertirse en
maquinarias complejas de canalización de demandas públicas y procesadores de
soluciones consensadas a los problemas planteados.
Entre las ventajas que se pueden observar en el
fenómeno de la partidocracia, está la importante dosis de deliberación y
discusión democrática que conlleva, obligando a los partidos a sentarse a la
mesa de negociación en la búsqueda de los consensos mínimos para hacer viables
las reformas o programas de gobierno que son procesados. Obviamente, pesan las
asimetrías de los partidos mismos en el proceso de deliberación, pero también
se le da un acceso privilegiado a las voces minoritarias que de otra forma no tendrían
en una democracia representativa formal.
Ahora bien, si desde el principio afirmamos que la
partidocracia se puede concebir como una forma degenerada de la moderna
democracia representativa, esto es, por sus efectos perversos para la
democracia misma. Es usual que la partidocracia surja en un sistema como
consecuencia de la fragmentación política de la sociedad y de un deterioro en
las élites de gobierno, incapaces de responder con grados mínimos de eficacia a
la problemática enfrentada. La partidocracia nace así como un signo de
desconfianza hacia las instituciones de un país. Los partidos se convierten en
jueces y partes y el consenso brota por desgaste, más que por acuerdo razonado.
Se ponen candados de seguridad a todas las instituciones de gobierno que acaban
por exacerbar la ineficacia de éstas para acometer con eficacia la presencia de
problemas locales y globales de gran complejidad. En suma, la partidocracia, de
no moderarse con un filtro judicial fuerte, puede ser el camino más rápido hacia
la parálisis institucional.
Juan Benito Coquet

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