martes, 29 de julio de 2014

PROLEGÓMENOS PARA UNA TEORÍA DE LA PARTIDOCRACIA. 

Premisas y principios.
La palabra compuesta “partidocracia” se ha ido convirtiendo en un término de amplio uso en la discusión política cotidiana. Sin embargo, poco se ha dicho sobre su significado y alcances para el análisis político contemporáneo, pese al reconocimiento que diversos tratadistas hacen de la partidocracia como un fenómeno que afecta el desempeño de diversos sistemas democráticos actuales.
Si atendemos a la raíz semántica de la palabra partidocracia, el compuesto no es muy afortunado ya que toma dos raíces de lenguas diferentes, partido, proveniente del verbo latino partire, que significa dividir y, cratos, ó kratos, que en griego clásico implica la idea de gobierno. No obstante, queda claro que el término compuesto partidocracia quiere decir, “gobierno de los partidos” ó “gobierno dividido”. Con estas raíces semánticas nos vamos acercando poco a poco a su sentido actual.
Si utilizamos el análisis de la teoría aristotélica de las formas de gobierno con su clasificación básica de las formas positivas de gobierno como la monarquía, la aristocracia y la democracia y su correlativa degeneración negativa en la tiranía, la oligarquía y la demagogia, respectivamente, pudiéramos decir que la partidocracia es una modalidad degenerada o extrema de la democracia, pero de una democracia muy diferente a la que Aristóteles hacía referencia en su estudio; una democracia que hoy en día es esencialmente indirecta, representativa y electoral.
De esta forma podemos establecer una primera premisa de nuestro esquema teórico sobre la partidocracia y es que, este fenómeno solamente puede presentarse en regímenes políticos distinguidos o calificados de democráticos, no en otros tipos de gobierno con orientaciones oligárquicas y totalitarias. Esto quiere decir que la partidocracia es un síntoma exclusivo de un sistema político donde se ha consolidado plenamente un subsistema de partidos políticos en competencia democrática por el poder público.
La partidocracia no significa lo mismo que la dictadura de partido, figura analítica esta última que se aplicaba a describir, por ejemplo, el régimen político de la Unión Soviética o el paso previo a la disolución del Estado en la teoría marxista del poder. La segunda premisa que podríamos establecer entonces para los esbozos de una teoría partidocrática, es que el fenómeno no implica que la democracia se disuelva dentro del régimen político en cuestión, sino que la transforma y desplaza los ejes institucionales de decisión colectiva.
Ya en términos más claros y precisos, la partidocracia no es sino un gobierno democrático en el que la mayor parte de las decisiones políticamente relevantes se tiene que tomar dentro del subsistema de partidos, quedando las instituciones constituidas y funcionalizadas a esos acuerdos, dado el grado de atomización, fragmentación o división que priva en el conjunto de la  sociedad política.
En la partidocracia el eje de las decisiones se desplaza desde el Poder Ejecutivo del Estado hacia el Poder Legislativo, que es la instancia donde se condensa la representación de los partidos políticos. Cualquier programa, proyecto o iniciativa del gobierno en turno debe pasar necesariamente por el filtro de los partidos políticos en el Congreso. La dinámica de la reformas se sujeta así a la capacidad de acuerdo entre los partidos políticos, tanto si se trata de sistemas bipartidistas como de sistemas multipartidistas. Los partidos políticos dejan de ser simples intermediarios entre los ciudadanos y el poder público, para convertirse en maquinarias complejas de canalización de demandas públicas y procesadores de soluciones consensadas a los problemas planteados.
Entre las ventajas que se pueden observar en el fenómeno de la partidocracia, está la importante dosis de deliberación y discusión democrática que conlleva, obligando a los partidos a sentarse a la mesa de negociación en la búsqueda de los consensos mínimos para hacer viables las reformas o programas de gobierno que son procesados. Obviamente, pesan las asimetrías de los partidos mismos en el proceso de deliberación, pero también se le da un acceso privilegiado a las voces minoritarias que de otra forma no tendrían en una democracia representativa formal.

Ahora bien, si desde el principio afirmamos que la partidocracia se puede concebir como una forma degenerada de la moderna democracia representativa, esto es, por sus efectos perversos para la democracia misma. Es usual que la partidocracia surja en un sistema como consecuencia de la fragmentación política de la sociedad y de un deterioro en las élites de gobierno, incapaces de responder con grados mínimos de eficacia a la problemática enfrentada. La partidocracia nace así como un signo de desconfianza hacia las instituciones de un país. Los partidos se convierten en jueces y partes y el consenso brota por desgaste, más que por acuerdo razonado. Se ponen candados de seguridad a todas las instituciones de gobierno que acaban por exacerbar la ineficacia de éstas para acometer con eficacia la presencia de problemas locales y globales de gran complejidad. En suma, la partidocracia, de no moderarse con un filtro judicial fuerte, puede ser el camino más rápido hacia la parálisis institucional.
Juan Benito Coquet

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