La dimensión
oculta de Carlos V.
Pocas personas caen en la cuenta de que el
primer gobernante formal de los territorios conquistadas por los españoles en
el siglo XVI en América y de la tierra entonces conocida como Nueva España, fue
el Emperador Carlos V de Alemania y I de España. Mucho menos personas saben que
Carlos no era alemán sino flamenco, nacido en la ciudad de Gante en el año de
1500 y de habla francesa (el alemán y el español los aprendió después). En esa
ciudad de Flandes conoció a un pariente de que ejercería con posterioridad una
honda influencia educativa en la Nueva España, Fray Pedro de Gante, autor de la
primera doctrina en lengua mexicana y de diversas cartillas para enseñar a leer
y escribir en romance y en su propia lengua a los hijos de los nobles
indígenas. Fue Carlos V un hombre al que no favoreció especialmente la
naturaleza. Nieto de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel y del Emperador
Maximiliano Primero de Alemania; hijo de Juana “La Loca” y de Felipe el Hermoso,
seguramente heredó genes deficientes que lo hicieron prognata en exceso y de
constitución más bien débil. Ascendió al trono de Alemania mediante astutas
maniobras de su abuelo, el apoyo de banqueros húngaros y suizos y el favor del
Papa Adriano VI. Llegó al trono de España con la oposición inicial de su abuelo
Fernando de Aragón, pero a fin de cuentas el dinero y una serie de muertes
afortunadas para su causa lo llevaron al reino de Castilla en 1517.
La historiografía tradicional ha presentado
al monarca de la casa de los Habsburgo como un ser oscuro y distante de los
territorios americanos bajo su jurisdicción; como un emperador rezagado y
fuerte impulsor del movimiento religioso cristiano conocido como
Contrarreforma. Y es que Carlos V tuvo que enfrentar en su tiempo dos grandes
dificultades para su imperio - que abarcaba no solamente a España, Alemania y
las Indias recién conquistadas, sino también a los Países Bajos y a partes de
la hoy Italia y Francia - nos referimos a la Reforma protestante encabezada por
Martín Lutero en Alemania y el avance de los turcos en África y Europa.
Efectivamente, Carlos V fue un fervoroso católico, pero no un fanático
dogmático que no reconociera la necesidad de reforma de la Iglesia Romana. La
raíz de su cristianismo estaba en el humanismo renacentista de Erasmo, no en la
corrupción y grotesca vida de la curia romana.
Desgraciadamente para la Nueva España, Carlos V nunca tuvo el tiempo para encargarse directamente de su gobierno o preocuparse más allá de la óptica europea de su tiempo. Sin embargo, fue sensible a las peticiones de los franciscanos que iniciaron la evangelización del nuevo mundo y en ese sentido promulgó cédulas prohibiendo la esclavitud de los indígenas mexicanos y limitando severamente la encomienda de los colonizadores. Fue sensible también a los profundos alegatos filosóficos y morales del Dominico Bartolomé Las Casas que si bien cuestionaban su dominio y el del Papa sobre las Indias, proporcionaban hondos argumentos cristianos y humanistas en defensa de la libertad y racionalidad de los indios. Casi todos los franciscanos del siglo XVI escribieron cartas a Carlos V y muchas de estas misivas fueron contestadas y resueltas sus peticiones por la firma del monarca español. Carlos V fue el principal precursor de las Leyes de Indias. En España conoció a Hernán Cortés, cuando fracasada la expedición a las Hibueras, el extremeño fue a solicitar privilegios y encomiendas a su monarca, las cuales le fueron negadas, tal vez bajo la falsa idea que habían sembrado en el monarca Diego Velásquez y otros consejeros reales con envidia de la gloria de Cortés. Poca gente sabe que Cortés acompaño a Carlos V en su fallida tentativa para conquistar Argel. En esa ocasión o antes incluso, Carlos V confesó a Cortés que con el no había atinado y que algún día, que nunca llegó, reconocería sus verdaderos méritos. En fin, un monarca ejemplar al cual el escritor español Salvador Madariaga le da el carácter de haber sido el primer monarca con la visión de una Europa unificada bajo la égida de un cristianismo reformado y atento a las necesidades espirituales del hombre.
Juan Benito Coquet

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