El mecanismo perverso de los partidos.
Lo ideal en una
democracia es que, en el momento que un partido arriba al poder, constituya un
gobierno que sea capaz y tenga la voluntad política para imponer el interés público
por encima de los intereses particulares o ideológicos originales de ese
partido; que sepa defender los intereses nacionales en una escala superior a
los vaivenes internacionales y las pugnas locales.
La soberanía del
Estado o Nación deja de ser un concepto abstracto para convertirse en algo
real, cuando se expresa en una vertiente procedimental de participación de la
sociedad en las decisiones del gobierno, a través de las fuerzas de la opinión
pública y de la movilización social si no existen canales de participación directa
como el plebiscito y el referéndum.
Las democracias
se vuelven funcionales cuando existe un equilibrio entre los intereses de los
actores políticos, económicos y sociales, cuando los gobiernos aplican
políticas de Estado y dejan atrás las consignas de partido.
La democracia
mexicana se ha tornado en un sistema ineficaz para la toma de decisiones de
impacto colectivo e interés general, precisamente por la interferencia de los
partidos en los gobiernos como si estos fueran clubes de cuotas para cada uno
de ellos, según su peso electoral.
Una vez reducida
y disminuida la presidencia mexicana por las reformas de los últimos años, lo
que queda para representar y hacer valer los intereses de la población en su
conjunto es el Congreso o asamblea, asediados por los intereses y líneas de los
partidos. Estos han dejado de ser intermediarios eficaces entre los ciudadanos
y el poder político para facilitar el acceso de éstos a las responsabilidades
públicas y se han transformado en empresas de grupos interesados o incumbentes
– en la terminología americana -, cuyo fin primordial es la lucha cruda por el
poder para acceder a los privilegios que otorga un Estado que a su vez se ha
transformado en un ente concesionario y pactista hacia los intereses privados
de los socialmente poderosos.
Los partidos como
tales, no son entidades “monocráticas” y unipersonales, son, en las más de las
ocasiones, mezclas de intereses que se orientan bajo una lógica perversa que
gradualmente va infectando a las instituciones públicas. El componente
programático de los partidos como organizaciones promotoras de la conservación
o el cambio, según sea el caso, ha cedido su lugar al más oscuro pragmatismo
que no persigue cambios en lo político sino más bien resultados o desenlaces en
posiciones electorales que, al mismo tiempo, les proporcionan recursos públicos
para obtener posiciones políticas y con ellas, generar nuevamente recursos
adicionales para conservar el poder en un ciclo interminable. Ahí radica la
perversidad de esta lógica sistémica.
Los partidos en
la actualidad, y no es el caso privativo de México, ya no son organizaciones de
ciudadanos sino de grupos en competencia por el poder y los recursos económicos
y logísticos que este genera.
Este franco
debilitamiento institucional ha sido uno de los factores que han provocado el
fenómeno que los norteamericanos llaman estado fallido (concepto reseñado en
otro capítulo de este libro), porque perciben en nuestro país a un gobierno que
ha perdido terreno y jurisdicción sobre diversas partes del territorio nacional
que han caído en manos de la delincuencia organizada que hace las veces de un
gobierno de “terror”; porque han medido la escasa capacidad de respuesta de los
cuerpos de reacción del estado y perciben una política social insuficiente y
clientelar que ya no amortigua los golpes de la crisis económica, sobre todo en
los segmentos más desprotegidos de la población. Los analistas del Norte
también señalan a un Estado sumiso a los monopolios económicos, inerme ante los
embates y presiones de las televisoras, radiofónicas, telefónicas y demás
parafernalia de negocios obtenidos al amparo de gobiernos y partidos que son
cómplices y socios de las oligarquías: ya no se sabe bien quién gobierna
realmente a México.
Es en este
terreno donde se manifiesta otro signo de la lógica perversa que mueve a los
partidos. Hay muchos espacios de poder en la República que se encuentran en
franca disputa entre los partidos, las corporaciones económicas y aún, grupos
de la delincuencia organizada que compran e imponen autoridades a su antojo.
Echemos un
vistazo al caso de los llamados organismos autónomos, donde es visible la
disputa entre el gobierno, los partidos y las corporaciones o grupos por las
decisiones finales y dónde estas decisiones son aplazadas muchas veces y se
avanza poco en sus objetivos regulatorios.
Juan Benito Coquet
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