martes, 12 de agosto de 2014

Partidocracia (3a Parte)

El mecanismo perverso de los partidos.

Lo ideal en una democracia es que, en el momento que un partido arriba al poder, constituya un gobierno que sea capaz y tenga la voluntad política para imponer el interés público por encima de los intereses particulares o ideológicos originales de ese partido; que sepa defender los intereses nacionales en una escala superior a los vaivenes internacionales y las pugnas locales.
La soberanía del Estado o Nación deja de ser un concepto abstracto para convertirse en algo real, cuando se expresa en una vertiente procedimental de participación de la sociedad en las decisiones del gobierno, a través de las fuerzas de la opinión pública y de la movilización social si no existen canales de participación directa como el plebiscito y el referéndum.
Las democracias se vuelven funcionales cuando existe un equilibrio entre los intereses de los actores políticos, económicos y sociales, cuando los gobiernos aplican políticas de Estado y dejan atrás las consignas de partido.
La democracia mexicana se ha tornado en un sistema ineficaz para la toma de decisiones de impacto colectivo e interés general, precisamente por la interferencia de los partidos en los gobiernos como si estos fueran clubes de cuotas para cada uno de ellos, según su peso electoral.
Una vez reducida y disminuida la presidencia mexicana por las reformas de los últimos años, lo que queda para representar y hacer valer los intereses de la población en su conjunto es el Congreso o asamblea, asediados por los intereses y líneas de los partidos. Estos han dejado de ser intermediarios eficaces entre los ciudadanos y el poder político para facilitar el acceso de éstos a las responsabilidades públicas y se han transformado en empresas de grupos interesados o incumbentes – en la terminología americana -, cuyo fin primordial es la lucha cruda por el poder para acceder a los privilegios que otorga un Estado que a su vez se ha transformado en un ente concesionario y pactista hacia los intereses privados de los socialmente poderosos.
Los partidos como tales, no son entidades “monocráticas” y unipersonales, son, en las más de las ocasiones, mezclas de intereses que se orientan bajo una lógica perversa que gradualmente va infectando a las instituciones públicas. El componente programático de los partidos como organizaciones promotoras de la conservación o el cambio, según sea el caso, ha cedido su lugar al más oscuro pragmatismo que no persigue cambios en lo político sino más bien resultados o desenlaces en posiciones electorales que, al mismo tiempo, les proporcionan recursos públicos para obtener posiciones políticas y con ellas, generar nuevamente recursos adicionales para conservar el poder en un ciclo interminable. Ahí radica la perversidad de esta lógica sistémica.
Los partidos en la actualidad, y no es el caso privativo de México, ya no son organizaciones de ciudadanos sino de grupos en competencia por el poder y los recursos económicos y logísticos que este genera.
Este franco debilitamiento institucional ha sido uno de los factores que han provocado el fenómeno que los norteamericanos llaman estado fallido (concepto reseñado en otro capítulo de este libro), porque perciben en nuestro país a un gobierno que ha perdido terreno y jurisdicción sobre diversas partes del territorio nacional que han caído en manos de la delincuencia organizada que hace las veces de un gobierno de “terror”; porque han medido la escasa capacidad de respuesta de los cuerpos de reacción del estado y perciben una política social insuficiente y clientelar que ya no amortigua los golpes de la crisis económica, sobre todo en los segmentos más desprotegidos de la población. Los analistas del Norte también señalan a un Estado sumiso a los monopolios económicos, inerme ante los embates y presiones de las televisoras, radiofónicas, telefónicas y demás parafernalia de negocios obtenidos al amparo de gobiernos y partidos que son cómplices y socios de las oligarquías: ya no se sabe bien quién gobierna realmente a México.
Es en este terreno donde se manifiesta otro signo de la lógica perversa que mueve a los partidos. Hay muchos espacios de poder en la República que se encuentran en franca disputa entre los partidos, las corporaciones económicas y aún, grupos de la delincuencia organizada que compran e imponen autoridades a su antojo.

Echemos un vistazo al caso de los llamados organismos autónomos, donde es visible la disputa entre el gobierno, los partidos y las corporaciones o grupos por las decisiones finales y dónde estas decisiones son aplazadas muchas veces y se avanza poco en sus objetivos regulatorios.
Juan Benito Coquet

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