Remedios para reducir los
impactos negativos de la “Partidocracia”.
Juan
Benito Coquet
Dado
que la partidocracia, tal como la hemos definido en este escrito, es una forma
degenerada de gobierno, un conjunto de mecanismos perversos para socavar a las
instituciones y una especie de cáncer que privatiza los intereses públicos, es
susceptible de vacunación. Aplicar correctivos, tanto institucionales como
actitudinales, puede hacer de la partidocracia una situación transitoria hacia
un régimen de “democracia fuerte”. Por “democracia fuerte” entendemos un
sistema democrático encendido con nuevas vías de participación política de los
ciudadanos, instituciones suficientemente flexibles como para favorecer la
solución de diferendos por vías civilizadas y siempre temporales, una amplia y
eficaz contraloría social para supervisar no solamente el uso de recursos
públicos en proyectos de obra pública, sino también como el funcionamiento de
redes ciudadanas para denunciar y combatir la corrupción.
La
partidocracia se debilitaría de un manera sensible con una reforma electoral
que no ha querido hacerse: la imposición de un sistema de “mayoría absoluta
(con segunda vuelta de ser necesario). Precisamente, la partidocracia florece
en regímenes pluripartidistas donde se elige a un gobierno minoritario, en el
que más de la mitad de los ciudadanos votaron en contra. Estos gobiernos
“minoritarios”, esto es, que recibieron menos de la mitad de los votos
efectivos, carecen de legitimidad. Pueden ser legales pero no legítimos. Y es
justamente esa carencia de legitimidad lo que abre la brecha de desconfianza de
los ciudadanos en las instituciones. Los gobiernos de mayoría relativa
paradójicamente se convierten en rehenes de la “mayoría minoritaria”. La
resultante es un gobierno dividido con serias dificultades para generar
consensos y cada vez más proclive a realizar pactos concesionarios con los
partidos y sus clientelas interesadas.
El
principal argumento que utilizan los críticos del sistema de mayoría absoluta
es que éste afecta el principio de representación. La decisión mayoritaria
contiene en sí misma distorsiones relacionadas con la discrepancia entre el
número de votos obtenidos y las posiciones parlamentarias obtenidas. La mayoría
parece tener una plusvalía que la amplifica. No obstante, estas desviaciones se
corrigen con el principio de representación proporcional, que protege los
derechos y espacios de las minorías. El otro argumento que se esgrime consiste
en afirmar que el principio de mayoría absoluta lleva al bipartidismo y la
exclusión de minorías.
Nosotros
pensamos que la mayoría absoluta es la mejor herramienta dentro de un sistema
presidencialista para la formación de coaliciones, no solamente a nivel
legislativo sino también en la composición del gobierno.
Además
de dar origen a un régimen de mayorías de estables, con capacidad para llevar a
cabo un programa explícito de gobierno que fue preferido por la mayoría de los
ciudadanos, el principio de mayoría absoluta inhibe los chantajes de los
partidos minoritarios o de la llamada “tercera fuerza” excluida en ‘segunda
vuelta’. Esto significa que proporciona legitimidad y eficacia a los gobiernos.
Otra
virtud del principio de mayoría absoluta es que otorga una segunda vuelta
electoral cuando en la elección original ninguna de la fuerzas políticas
obtiene la mayoría absoluta (la mitad más uno) de los votos. Esa segunda vuelta
es el elemento que invita a la formación de coaliciones para obtener la mayoría
absoluta. Y es de este esquema que pueden surgir combinaciones muy interesantes
y en el que los ciudadanos pueden tener mayores elementos de juicio para
decidir. Lo usual es que el partido que obtuvo la mayoría de los votos, pero no
la absoluta, se coaligue en la segunda vuelta con el partido que obtuvo menos
votos, pero los suficientes para sumar la mayoría absoluta. Pero también pude
suceder lo contrario, que los partidos más pequeños de alíen contra el grande.
Algunos
teóricos americanos opinan que la elección para integrar el Congreso se haga en
la misma fecha en que se realice la segunda vuelta en el elección presidencial,
precisamente para que ésta última arrastre a la primera hacia un resultado más
congruente.
Es
en el Congreso donde la partidocracia hace nido. Por eso es importante que
prevalezca una mayoría estable y bien cimentada que evite los chantajes y las
negociaciones tras bambalinas, que le de mayor claridad y dirección al proceso
legislativo y sobre todo, a las reglas del juego político.
Por
otra parte un régimen de mayoría absoluta es absolutamente responsable de cara
al electorado activo. Si falla o no opera conforma a lo ofrecido, dicho
gobierno es inmediatamente sancionado en el elección intermedia.
Las
ventajas de un sistema electoral de mayoría absoluta sobre uno de mayoría
relativa y supuesto equilibrio entre fuerzas políticas divergentes, supera en
buena medida sus inconvenientes. El valor de la legitimidad suele ser
determinante para la credibilidad de los ciudadanos en los procesos
electorales. Cuando alguien vota por un presidente y su propuesta, es obvio que
desea un congreso donde prevalezca una mayoría favorable a esa propuesta.
Los
promotores de la subcultura de la partidocracia, siempre insistirán en que la
mayoría absoluta tergiversa el principio de una sana división y equilibrio
entre los poderes del Estado; que hace a los presidentes todopoderosos y a los
legislativos sumisos. Sin embargo, un buen arreglo institucional, con un
sistema legal de pesos y contrapesos, puede disipar ese riesgo.
A
mediano plazo siempre será mejor la eficacia de un gobierno que su parálisis
por falta de acuerdos. Una ventaja adicional que le podemos atribuir al sistema
de mayoría absoluta es que hace más claras las diferencias ideológicas y
programáticas entre los competidores, mantiene más vivas las diferencias que
hacen plural a una sociedad.
Otro
alegato de los relativistas se refiere al costo económico que supone una
segunda vuelta. Dicho costo puede reducirse significativamente si la elección
en segunda vuelta se realiza a más
tardar un mes, después de la primera elección donde ninguna fuerza política
obtuvo la mayoría política.
En
otro orden de ideas, otro remedio que puede aplicarse sobre la partidocracia es
elevar el componente deliberativo del sistema institucional. Esto significa
voltear el foco de las decisiones importantes hacia los ciudadanos. Pero en
esta ocasión le agregamos un procedimiento que garantiza libertad e igualdad
política a los participantes, proporciona elementos informativos y de
conocimiento que favorecen una decisión política más consciente y va creando un
cultura de compromiso democrático en los ciudadanos.
Discutir
antes que decidir.
Conocer
las opiniones diferentes de las nuestras.
Allegarnos
de mayores elementos informativos y de conocimiento para decidir algo que
afectará a todos por igual.
No
basta entonces con tener una consulta popular con efectos vinculatorios para la
autoridad, donde los ciudadanos sólo pueden decir sí o no, dentro de un proceso
manipulado por minorías políticas inconformes. No basta con una iniciativa
ciudadana que con cientos de miles de firmas envía un proyecto de ley o decreto
al Congreso que de todas formas este puede modificar.
En
suma, la mejor vacuna contra el virus de la partidocracia es una mayoría
absoluta con fuerte componente democrático y deliberativo.
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